Su madre le quitó la lavadora a la esposa de su hijo Parte 14
El desconocido permaneció junto a la puerta, sosteniendo el arma mientras los policías lo apuntaban. Nadie se atrevía a moverse. Ernesto lo miraba fijamente, como si acabara de reconocer a un fantasma de su pasado.
—¡Baja el arma! —ordenó el policía—. ¡Ahora mismo!
El hombre no obedeció. Miró al hijo y después señaló a Ernesto.
—Él sabe quién está detrás de todo esto.
—¡No le creas! —gritó la madre—. ¡Ese hombre quiere destruir a nuestra familia!
El hijo miró a su madre con desconfianza.
—Mamá, ¿por qué sabes quién es?
La mujer se quedó paralizada.
—Porque… —respondió con la voz quebrada— porque él trabajaba para tu padre.
Ernesto cerró los ojos durante unos segundos.
—No trabajaba para tu padre —corrigió—. Trabajaba para mí.
El silencio fue absoluto.
La esposa miró sorprendida a Ernesto.
—¿Qué estás diciendo?
Ernesto respiró profundamente.
—Hace años, tu padre descubrió que alguien estaba desviando dinero de la empresa. Me pidió que investigara en secreto. Descubrimos que el responsable no era un empleado cualquiera.
El hijo dio un paso adelante.
—¿Quién era?
Ernesto miró directamente a la madre.
—Era alguien de tu propia familia.
La mujer comenzó a llorar.
—¡No fui yo!
—No dije que fueras tú —respondió Ernesto—. Dije que pertenecía a tu familia.
El desconocido aprovechó el momento para bajar lentamente el arma.
—El responsable era tu hermana.
La joven palideció.
—¡Eso es mentira!
Su hermano la miró sin poder reaccionar.
—¿Tú?
—¡Yo jamás haría algo así! —gritó ella.
Entonces Ernesto sacó otro documento de su bolsillo y lo colocó sobre la mesa.
—Tu padre dejó pruebas.
La hermana comenzó a temblar.
—No…
El hijo tomó los documentos y comenzó a leerlos. Su rostro cambió completamente al descubrir varias transferencias realizadas desde la empresa hacia cuentas desconocidas.
—Estas firmas… —murmuró—. Son tuyas.
—¡Me obligaron! —respondió ella desesperadamente.
—¿Quién te obligó? —preguntó su hermano.
La joven miró hacia su madre.
Y entonces todos comprendieron que todavía faltaba una pieza.
—Mamá… —susurró el hombre—. ¿Qué hiciste?
La madre comenzó a llorar desconsoladamente.
—Yo solo intentaba protegerlos.
—¿Protegernos de quién?
La mujer levantó la mirada.
—De tu padre.
El hijo retrocedió.
—¿Qué significa eso?
La madre señaló la vieja lavadora.
—Tu padre escondió algo dentro de esa lavadora.
La esposa abrió los ojos.
—¿Qué escondió?
La madre tragó saliva.
—La memoria original.
Ernesto quedó completamente pálido.
—Eso es imposible.
—No —respondió la madre—. Yo la encontré antes que ustedes.
El hijo sintió que el corazón le golpeaba con fuerza.
—Entonces… ¿dónde está?
La madre guardó silencio.
De repente, el teléfono del desconocido comenzó a sonar.
Todos lo miraron.
El hombre contestó y escuchó durante unos segundos.
Su expresión cambió.
—Tenemos un problema.
—¿Qué pasó? —preguntó el policía.
El desconocido miró al hijo.
—La persona que tiene a tu padre acaba de descubrir que estamos aquí.
—¿Y qué va a hacer? —preguntó la esposa.
El hombre respondió con voz grave:
—Va a matarlo.
El hijo sintió que el suelo desaparecía bajo sus pies.
Pero entonces la madre levantó lentamente la mano.
—No lo hará.
Todos la miraron.
—¿Por qué? —preguntó su hijo.
La mujer respiró profundamente y dijo:
—Porque yo sé exactamente dónde tienen escondido a tu padre.
Continuará…